Durante la noche que va del Jueves Santo al Viernes Santo, hacia las 12 de la noche, por las calles de todo el pueblo se congregan valverdanos y forasteros, para presenciar el paso de los empalaosen su Via Crucis penitencial.
Éstos transitan silenciosos, acompañados por el único ruido que producen las bilortas de sus brazos, mientras el ocultocirineo, su inseparable acompañante en oscuridad de la noche, le alumbra el camino entre las regueras de las empedradas y empinadas cuestas del pueblo. Tras él, un nutrido séquito de familiares, amigos y desconocidos seguirán sus pasos.
Estos penitentes son hombres que en algún momento de su vida hicieron la promesa de vestirse de empalao. Una vez ha llegado el Jueves Santo, a una hora determinada por el penitente, éste se reúne en una casa particular o en una "ramá", con un conjunto de hombres de confianza para él y de gran experiencia a la hora de vestir a penitentes como empalaos. Sus conocimientos son de vital importancia, ya que de ello dependerá que la soga que se le enrolla y otros elementos que porta, no inflijan graves daños en la piel desnuda del empalao. Le cubren la cara con un velo blanco, y le colocan sobre la cabeza una corona de espinas.
El cirineo, tapado con una manta para evitar ser reconocido, alumbrará y guiará al empalao en caso de desconcierto, y en el peor de los casos si este pierde el equilibrio o tropieza y cae al suelo, le ayudara a ponerse de nuevo en pie para que siga su camino.
Avanza entre calles y callejuelas, plazas y poco a poco va consumiendo las estaciones del Via Crucis. La ermita, el castillo, la iglesia... En su camino se cruzará con otros penitentes, empalaos y nazarenas (mujeres penitentes), momento en que ambos se arrodillaran frente a frente, para erguirse de nuevo y seguir su camino.